© Manuel Muñozviernes, 9 de mayo de 2008
Los Establos del General
Existe en este proyecto un proceso de estudio y recuperación de la memoria cultural, basado en la investigación de lugares que fueron escenarios de esos conflictos.
Lugares de interes, que como en todas las guerras cambian su función para convertirse en otra de carácter bélico o logístico.
Espacios como la iglesia de San Agustín en Córdoba, las de Santa Maria en Cazorla o la de Santo Domingo en la Iruela sufrieron los descalabros de las tropas napoleónicas. Así mismo los castillos de Belalcazar y de Castro del Rio, la torre Mudejar del Cárpio o el balneario de Santa Eulalia en Villaharta fueron puntos decisivos de enfrentamiento en nuestra Guerra Civil.
La idea de fotografiar estos espacios parte cuando en el 2004 tengo la oportunidad de fotografiar la iglesia de San Agustïn tanto tiempo cerrada.
Al ver como el tiempo se detuvo de alguna manera alli, y por la carga historica del lugar me dio pié a desarrollar esta idea de recuperación del pasado y poner en valor estos lugares abandonados y que por causa de la guerra cambiaron su función, terminando en muchos casos en el olvido.
Este proyecto aún sigue abierto ya que son numerosos los espacios que se reparten por nuestra geografia y que sufren el abandono al no haberse puesto en valor integrandose de manera cultural o funcional en nuestra memoria histórica.
El recuperar estos lugares mediante un lenguaje actual y contemporáneo, me ha llevado a fotografiar con la intención de reflejar lo acontecido allí y que no sea sólo el proceso de retratar para documentar o el de recrearse en la estética de lo ruinoso.
De esa manera en San Agustín de Córdoba, la cual fue objeto de profanación y transformación, al convertirla en establo por parte de las tropas napoleónicas en la guerra de Independencia a su llegada a Córdoba, me centre en esos espacios cercanos a su nueva función militar.
La torre del Carpio, que guarda en su interior testimoniosas pintadas de la guerra civil, en donde se aprecian los sentimientos, miedos, y deseos de los combatientes de ambos bandos, son una muestra clara del paso del tiempo y de la decadencia de los lugares a través de los deseos de los hombres.
De igual manera los testimonios que aún se conservan en los castillos de Belalcazar, con sus muros desmoronados por los cañonazos de las guerras, o el de Castro, que sirvió como punto logístico, carcel y centro de entrenamiento, conservando magnificas pintadas de unas clases militares.
Estos trabajos fotográficos poseen también un gran valor documental debido a las actuaciones que en un tiempo próximo se van a realizar para la recuperación de algunos de los edificios, por lo que perderán la patina que el tiempo ha dejado en ellos.
Mi idea es continuar con esta serie interesante, trabajar en todos aquellos lugares a los que tenga acceso y que hayan sido transformados y utilizados en conflictos bélicos.
Intentar transmitir, más allá del documento, hacer una reflexión de cómo los espacios históricos no solo muestran su arquitectura sino que guardan pequeños y grandes matices de los acontecimientos.
Como estos pueden cambiar de función y ser transformados para algo muy distinto para lo que fueron pensados a consecuencia del devenir de la Historia.
Manuel Muñoz
LOS ESTABLOS DEL GENERAL:
UN MODELO DE ANALISIS
DE LA ALEGORÍA FOTOGRÁFICA
Para empezar su recopilación de datos no se limita a la última Guerra civil española, el único acontecimiento belicoso que está implicado con el cumplimiento de la Ley de la Memoria Histórica. También el ejercicio de su labor fotográfica le ha llevado a dar testimonio de la violencia ocasionada hace dos siglos por la Guerra de la Independencia. Es esta extensión de la memoria en el tiempo la que le permite desligar parcialmente su trabajo de la actual preocupación de los españoles por restablecer la verdad de su más recién historia, para poder dedicarse también a reflexionar sobre la esencia de la imagen fotográfica, teniendo en cuenta que ésta es uno de los objetos que más se prestan a las consideraciones metafísicas. En realidad esta reflexión no podía encontrar mejor soporte temático que esa recopilación de datos arrancados de las garras del tiempo, el cual sólo se limita a continuar la labor destructiva de los hombres con sus guerras. Llama particularmente la atención el carácter circular de su reflexión que, apoyándose sobre los motivos fotografiados, siempre vuelve a recordarnos la irrefutable vinculación de cualquier fotografía con la congelación del presente, es decir según Roland Barthes, con la muerte.
Pero antes de examinar con detalle de qué manera las fotografías de Manuel Muñoz se prestan a esta reflexión, es necesario verificar cómo, más allá de su función reflexiva, cumplen sobre todo con uno de sus principales facultades que es la de facilitar la labor de documentación. Ya en 1839 (2), en su famosa intervención en la Academia de las Ciencias de París para hacer pública la invención fotográfica, François Arago había llamado la atención de sus oyentes sobre los inmensos y previsibles servicios que iba a proporcionar la fotografía: “¡Cuanto enriquecimiento promete la nueva técnica para la arqueología! Para copiar los millones y millones de hieroglíficos que cubren, incluso limitándose a sus partes exteriores, los grandes monumentos de Tebas, de Menfis, de Karnak, etc., serían necesario unas veintenas de años y legiones de dibujantes. Con el daguerrotipo, un único hombre podrá llevar a buen término este inmenso trabajo” (3). Las fotografías de Manuel Muñoz pertenecen a la última generación de estos documentos que pronosticaba Arago. Que estén al servicio de la memorización de hieroglíficos o de graffiti, su lucha contra las amenazas del tiempo es la misma, siempre nos hablaran de la fragilidad de las civilizaciones humanas debida en su mayor parte al descuido de los mismos hombres.
En una de sus obras en la que se dedica a reflexionar sobre todo sobre las consecuencias desastrosas de las guerras al servicio del capitalismo, Adorno nos advierte que “el tiempo de la casa se ha acabado. Las destrucciones infligidas a las ciudades europeas, exactamente como los campos de trabajos y los campos de concentración, no hacen más que ejecutar lo que la evolución inmanente de la técnica ha decidido desde hace mucho tiempo respecto al futuro de las casas. A estas ya no les quedan otra cosa que acabar tiradas como unas viejas latas de conservas” (4). Obviamente esta cita viene a colación con el estado ruinoso de los edificios fotografiados por Manuel Muñoz, pero también su presencia nos ayuda a recordar que, para los románticos, la ruina simbolizaba la irremediable perdida de la unidad de las obras clásicas. Sobre todo este concepto moderno de la ruina no culpabiliza tanto a la naturaleza de los desgastes que ha sufrido, como a las fuerzas destructivas de las propias civilizaciones. Que un general haga de un templo su establo lo dice todo. Finalmente, y quizás esto sea lo más importante puesto que estamos hablando del arte fotográfico y que a continuación vamos a referirnos a un autor especialmente conocido por sus ensayos sobre la fotografía, reflexionar sobre las ruinas nos lleva a evocar también a Walter Benjamin para quien, más allá de las nostalgias románticas, las ruinas debían ser consideradas en función de sus relación con la alegoría: “en el campo de las ideas, dijo, las alegorías son lo que las ruinas son en el campo de las cosas” (5). Para él la esencia alegórica es la principal característica de cualquier obra engendrada por la modernidad, la cual no encuentra su origen en la idea de Progreso, o de Razón, sino en el sentimiento de la ruina. En otro lugar volvió sobre este tema con más precisión aún: “una cosa que la intención alegórica llega a golpear, se encuentra separada de las correlaciones de la vida: está al mismo tiempo rota y conservada. La alegoría está unida con la ruina. Ella ofrece la imagen de la agitación paralizada”.
También es necesario recordar aquí que la alegoría barroca invierte la concepción lineal del tiempo, oponiéndose al modelo de lenguaje propio de la filología humanista. Una de las características mayores de la alegoría barroca es su facultad de permitir que el sentido (de la historia o de una obra) llegue a su total legibilidad en las fases de su declive o, dicho de otro modo, es cuando la posibilidad está cumpliendo con lo que prometía, al mismo tiempo que se niega a cumplirlo, que el sentido de esta misma posibilidad se vuelve lo más legible. Para el hombre moderno, el lenguaje es lo que ilumina el desastre al mismo tiempo que le asegura en el mantenimiento de su estado. A este concepto se refiere Adorno cuando afirma que la obra de arte lleva en ella su propia muerte. Pero en el arte fotográfico, esta muerte latente que lleva dentro de sí cualquier obra se dobla con la amenaza aún más apremiante de otra muerte puesto que, con el transcurrir irremediable del tiempo, ninguna cosa volverá a ser lo que era después de que su imagen quede fosilizada en una foto. De ahí que cualquier foto de ruinas de Manuel Muñoz debe ser interpretada como un intento de expresar alegóricamente esta esencia “fúnebre” del arte fotográfico.
Puesto que están construidas siguiendo el modelo de la alegoría, la lectura a la que se prestan las fotos de Manuel Muñoz es análoga a una explicación de texto: se trata de buscar, bajo un primer sentido aparente, otro escondido y, bajo éste, un tercero, etc. A estas estructuras lingüísticas construidas como las muñecas rusas Schelling les dio el nombre de “lenguaje redoblado”: ninguna palabra, por muy simple que sea, no deja de disfrazar alguno de sus sentidos, diciendo una cosa distinta de lo que está diciendo. La alegoría es por tanto lo que concentra la expresión sobre su carácter principal, la dualidad de un sentido manifiesto y de otro latente (6). Así vemos en las fotos del Establo del general que su sentido manifiesto es, mediante la reproducción de graffiti, darnos testimonio de los pasos de personas (soldados, milicianos o falangistas, políticos o civiles cualquiera) por unos edificios en tiempo de contienda, y del permanente estado de ruinas de estos edificios sin el cual no podríamos seguir leyendo estas inscripciones en sus muros. La sensación de opresión y desolación que transmiten estas fotos no dejan lugar a dudas: a la violencia propia de las contiendas y con la que se relacionan algunas inscripciones fotografiadas tanto implícitamente como explícitamente, se unen sus consecuencias más trágicas: las ruinas y la muerte llevadas a un nivel nunca visto antes de la omnipresencia de la técnica en los tiempos modernos. Pero lo que vemos no es la realidad, sino una reproducción de la realidad, es decir, sólo una imagen ficticia. Esto es el sentido oculto bajo el primero: la violencia que engendra el caos, las ruinas y la muerte se extiende al médium fotográfico para transformarla en una imagen de la “agitación paralizada” debido a la congelación dictatorial del tiempo. Si bien los hombres que estuvieron en estos edificios están recordados como sombras gracias a los graffiti que dejaron inscritos, es la foto de estas inscripciones la que alarga de una manera angustiosa estas sombras, volviéndolas más opacas aún, más espesas, como si a pesar de la naturaleza ficticia propia de las fotos la sedimentación de su memoria por el paso del tiempo fuera igual de consistente que unos huesos anónimos amontonados en un osario.
Michel Hubert Lépicouché
Notas:
(1) Si bien este título de la exposición de Manuel Muñoz hubiera podido salir de cualquier lectura de la obra de Gabriel García Márquez, es sin embargo a la obra “pacifista” de Antoni Miralda El perro de la generala (1969) que primero nos hace pensar.
(2) Es decir 13 años después de que Nicéphore Niepce consiguiera resultados decisivos en su experimentación con sal de plata expuesto a la luz solar (1826).
(3) Gisèle Freund, Photographie et société, Points Histoire, Editions du Seuil, París, 1974. P. 27.
(4) Theodor W. Adorno, Minima Moralia, Petite Bibliothèque Payot, París, 2005. Pág. 47.
(5) Walter Benjamin, Ursprung des deutschen Trauerspiels, in Gesammelte Schriften, Francfort del Mein, 1974. I, 1, Pág. 343.
(6) Mauriced Blanchot, L´entretien infini, L´absence de livre, Les Editions Gallimard, París, 1969. Pág. 467.



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